¡Ay Señor, Señor! Con mi Noche con Maud, Rohmer da por finalizada su serie de cuentos morales, iniciada en 1962 con La panadera de Monceau. Fue a partir de esta obra, que explora el azar, la predestinación y la capacidad del ser humano para elegir libremente su destino aún a pesar de inferencias y condicionantes externos, que la crítica europea colocó al director galo la vitola de “autor”, aunque ni en el momento de su estreno, ni ahora, parece haber unánime consenso sobre las virtudes del cineasta. Mientras que algunas voces insisten en que su obra es una de las más fascinantes de la segunda mitad de siglo, parte de la crítica considera que la filmografía de Rohmer se queda un escalón, o varios, por debajo de la de otros directores con los que comparte afinidades estilísticas y temáticas. Pienso en Bergman y Dreyer.
Como en gran parte de su filmografía, la excusa argumental es mínima: Jean Louis, un ingeniero que trabaja en la fabrica de Michelin en Clermont-Ferrand, se enamora de una atractiva muchacha a la que conoce durante un sermón eclesiástico, y decide que será ella la mujer con la que se casará. Sin embargo, en el camino se cruza con Maud, una divorciada con un concepto radicalmente distinto sobre la vida y la moral, con la que pasará una noche en la que tendrá que poner a prueba sus férreos principios morales.
Mi noche con Maud es fundamentalmente un esfuerzo de guión, un tratado filosófico llevado a imágenes en el que no importan tanto los encuadres como el enfrentamiento entre las distintas posiciones morales que sostienen los personajes. Así Jean Louis, un católico convencido para quien la fe en Dios no es incompatible con el hedonismo vital, se encuentra una tarde con su viejo amigo Vidal, un profesor de filosofía marxista. Ambos conversan acerca de la célebre apuesta matemática de Pascal, que sostiene que se debe creer en Dios desde el momento en que haya una mínima posibilidad, diferente de cero, de que exista, porque la recompensa de una vida celestial justifica cualquier tipo de sacrificio que se pueda hacer en vida. Mientras que para Vidal la apuesta es una herramienta lógica capaz de explicarlo todo, desde la religión a la política, Jean Louis se opone al pensamiento religioso de raíz jansenista de Pascal. El filósofo considera que el destino del hombre está predeterminado desde el primer momento, pero nuestro ingeniero se opone a esta concepción ascética y pesimista de la fe, abogando por la libertad de elección del ser humano.
Paradójicamente, Jean Louis aplica a su devoción por Françoise, la muchacha de la que está enamorado, una cierta lógica basada en la noción de probabilidad de Pascal. Considera que si rechaza la gratificación instantánea que le puede proporcionar el amor fugaz de otras mujeres conseguirá un resultado satisfactorio a la postre. Con el objeto de poner a prueba las convicciones morales de su amigo, Vidal organizará un encuentro en casa de Maud, una sensual librepensadora cuyo modo de entender la moral y la vida es radicalmente distinto al de Jean Louis.
El eje central de la obra es en realidad la discusión larga y estimulante que tiene lugar entre los tres personajes en el apartamento de Maud. Si bien Mi noche con Maud es una obra eminentemente de diálogos, casi socrática en algunos pasajes, la conversación que mantienen esa noche Jean Louis, Vidal y Maud se convierte en un estimulante juego de agendas ocultas en el que lo que callan es más importante que lo que dicen. Les vemos hablando de sus emociones y relaciones con una frialdad glaciar, pero sus gestos y sus silencios reflejan sus miedos e inseguridades, la contradicción entre los principios morales que se han impuesto y el ritmo que impone la vida, entre razón y corazón. La frialdad expositiva llega al paroxismo cuando Vidal tiende una trampa a su amigo al dejarle con Maud toda una noche, para quebrantar la particular filosofía de Jean Louis. Éste resistirá la dura prueba, lo que a sus propios ojos le hará valedor del amor de Françoise, a quien conseguirá enamorar poco después. No hay que olvidar que los preceptos morales del protagonista del relato son, en esencia, los del propio Rohmer, católico de probada e inquebrantable fe.
En ocasiones, los diálogos se extienden por varios minutos, sin que los interlocutores se dirijan explícitamente a la cámara. Utilizando algunas de las técnicas de distanciamiento del dramaturgo Bertold Brecht, Rohmer no pretende que el espectador empatice con ninguno de los personajes, sino establecer la mayor distancia posible entre los intérpretes y el espectador. Así, el director renuncia a las técnicas clásicas de plano-contraplano propias de las conversaciones entre personajes, ampliando el objetivo tan sólo para captar la cabeza y hombros de los actores. Para reforzar su apuesta formal, el director no recurre en ningún momento a zooms proyectados al rostro, ni utiliza la iluminación con fines dramáticos o emplea ángulos de cámara inusuales. El estilo visual del filme es tan desnudo, tan descarnado que roza lo decididamente amateur.
Despojada de todo artificio formal (ni siquiera hay banda sonora), Mi noche con Maud cuenta, sin embargo, con la estupenda fotografía del magnífico Nestor Almendros, que consigne impregnar de realismo mágico una de las más bellas secuencias de la película: aquella en la que Françoise y Jean Louis se confiesan errores pasados, mientras que la nieve cubre Clermont-Ferrand, enterrando todos los viejos fantasmas en la pequeña y asfixiante localidad y dándoles la oportunidad de empezar de cero. Un estupendo final al que Rohmer añade una innecesaria coda en la que Jean Louis, ya casado con Françoise, se encuentra de nuevo con Maud cuya vida disipada se intenta contraponer de un modo un tanto chusco y acelerado a la paz de espíritu total que Jean Louis ha sabido encontrar siendo fiel a sí mismo.
Gene Hackman dijo en una ocasión que ver una película de Rohmer es como contemplar una pintura secarse, un ejercicio que en ocasiones resulta monótono y exasperante, pero reconfortante si uno sabe disfrutar la belleza de lo estático. Lo cierto es que Mi noche con Maud es una de las películas más “amables” del director en este aspecto, un saludable juego de máscaras que tiene la virtud de manejar conceptos filosóficos de enorme envergadura sin que el ritmo decaiga en exceso en ningún momento.