perruzos felices
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Dicen que el concierto de The legends en Madrid fue decepcionante, pero Johan Angergard es un encanto en persona. La entrevista se puede leer en el Mondosonoro de enero
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Bailando con lágrimas en los ojos
The Legends. Johan Angergard parece nacido para escribir delicadas melodías de pop frágil, aunque en esta ocasión las esconda bajo los mantos de beats y capas electrónicas que pueblan “Facts and Figures”, la tercera entrega al frente de The Legends.
Johan Angergard reconoce que no puede dejar de componer canciones. El sueco, que además es multiinstrumentista, productor y capo del sello Labrador, es el responsable de las frágiles y balsámicas melodías de Club 8, así como de las cristalinas canciones pop de The Acid House Kings. Por si fuera poco, desde hace tres años comanda The Legends, un proyecto con el que parece querer oxigenarse de ambos grupos. ¿Capricho o válvula de escape? “The Legends es el único grupo en el que puedo hacer lo que realmente quiero. A Karolina (Komsteadt, la otra mitad de Club 8) no le gustan los hits ni los ritmos uptempo, mientras que Acid House Kings se ideó para crear atemporales canciones de pop con de guitarras. Esto deja fuera una enorme cantidad de canciones que he escrito y a las que quiero dar salida. Con The legends puedo experimentar con el sonido y hacer cosas nuevas, manteniendo el control del proceso creativo desde el principio hasta el final”.
Este afán de experimentación constante le ha llevado en su tercer disco, “Facts and figures”, a los terrenos de sintetizadores fríos y ritmos robóticos de New Order o DAF. Un movimiento que ha dejado algo descolocados a quienes esperaban las melodías ruidosas y los guiños a la Motown de su debut “Up against the Legends”. “Una de las razones por las que creé The legends fue para poder afrontar cambios de estilo radicales de un disco a otro. Se trata de un sentimiento agradable de libertad poder reinventarme constantemente a cada paso, sin rendir cuentas a nadie de lo que puedo o no hacer. De todas formas, el nuevo disco será también muy electrónico. La última canción que escribí para éste fue “Facts and figures”, que marcará el rumbo a seguir para las nuevas composiciones. Creo que en el próximo disco me alejaré de los estándares del pop clásico”.
Sin embargo, y a pesar de que se trata del único disco creado por Angergard que podría llevarse sin problemas a las pistas de baile, “Facts and Figures” está impregnado de un sentimiento de melancolía doliente que también puede detectarse en la obra de otros grupos suecos como The Radio Dept. “Me críe en una zona muy desolada, en un país como Suecia en el que casi siempre es de noche. Quizá por ello me siento más cómodo con la música melancólica, que es más fácil de entender que las canciones completamente felices. Lo que más me obsesiona a la hora de componer es que todo lo que es bueno llega un día a su fin: las relaciones, la felicidad o la propia vida, lo que encuentro bastante triste”.
En el fondo, la reinvención constante a la que somete constantemente Angergard a su obra se queda sólo en el aspecto formal. Bajo el manto electrónico de su último disco subyace un espíritu (afín a sus otros proyectos) que lo emparenta con luminarias indies de los 80 como Felt o Field Mice. “Me pasé de los 15 a los 25 años escuchando discos de Sarah Records, y hoy día continúo haciéndolo. Hay un tipo de sentimiento especial en esos discos muy “antimacho”, muy melancólico, pero al mismo tiempo genuinamente pop, que afecta a la manera en que escribo melodías. Sin embargo, tampoco podría decir que con The Legends busque conscientemente mirar hacia atrás. Estamos en un momento musical sorprendentemente bueno, al menos en Suecia, porque en el Reino Unido no ha salido una sola banda buena en los últimos diez años. Los años noventa fueron peores, los setenta una mierda y los sesenta están algo sobrevalorados”.
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Cada vez que sale un grupo inglés nuevo se le tiende a crucificar por el sospechoso parecido de su sonido con bandas totémicas, intocables. No importa tanto que editors se marcaran un estupendo disco de debut como el recalcar hasta la saciedad lo mucho que se parecen a joy division/Chameleons. Por otra parte, hubo una época en que cualquier disco de post-rock que saliera al mercado era considerado poco menos que una obra maestra y un ejemplo de innovación musical, aunque algunos bebieran, y de qué manera, de grupos de krautrock como Can, neu y Harmonia. Esto me viene a la cabeza porque Millions now living... de Tortoise fue disco del año para muchas publicaciones, pero nadie se paró a pensar en el parecido que tenían algunas canciones con el primer disco de Neu! Nadie se llevó las manos a la cabeza. Antes al contrario, muchos les reímos la gracia al grupo y nos dejamos las manos aplaudiendo en el festival de turno. ¿Por qué sí se puede copiar a Neu! y no a PIL o Gang of Four? ¿No debería importar, en el fondo, lo que te emocionen las canciones de un disco antes que sentenciar a muerte a sus autores por su presunta falta de originalidad?Labels: Divagaciones, música

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El montaje es un poco chusco, pero no deja de tener su gracia. Visto en www.escolar.net.

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Antes el viaje constituía suceso, dividía la vida en dos partes, como el matrimonio; ahora va volviéndose ejercicio vulgar como el baño. Un Lunes se desayunará en Copenhague y el miércoles se estará mirando ese magnífico perfil de affiche de la Libertad de New York. La facilidad de los transportes mató lo heroico del viaje, el heroico a lo Godofredo de Bouillon, reduciéndolo a la gestión sin énfasis del American Express.
La embriaguez del viaje aumenta por año: en el 2000 se señalará como un albino a aquel que no lleva en el cuerpo el olor de sus cuatro Continentes, y el no haber estado en Melbourne o en el Tibet creará a un hombre situación embarazoso en una conversación... El antiguo asombro de Simón el Estilita pasará al que nació, dio hijos y murió en su tierra.
Viajan algunos ya con displicencia; en el ojo sin avidez, en la llegada a Niza como al patio de su casa, se reconoce que ése tiene ya volteada la bolsa de maravillas del caminar y querrá ya otra cosa, por ejemplo, los circos sin viento de la luna. Lástima de ricos que se han estropeado una fiesta más, a fuerza de sobajearla demasiado.
Pero lástima sobre todo del desatento, de la humana maleta de viaje que no recibe sino los choques de las estaciones y la marca de los hoteles. ¿Por qué éstos no ceden el boleto y se quedan?
Hay que desear que se incorpore a las costumbres, substituyendo a la postal inglesa de Navidad, un sobrio boleto de barco.
0 que los gobiernos del año 2000 hagan la legislación del viaje. No viajarán los viejos, que ya han entrado en el desabrimiento sin remedio y sólo se lamentarán de los hoteles. No viajarán los bebedores de botellas internacionales con gollete plateado, ni los ciudadanos del cabaret, porque la borrachera es la misma en cualquier meridiano y no hay ninguna necesidad de hacer concentraciones de ebrios, como de generales o de sabios, en una ciudad determinada, para volverla odiosa y estúpida. Las mujeres que viajan por las vitrinas de París y que quedan delante de ellas dos meses, y una hora en la Capilla de San Luis, tendrán barcos de exposición permanente de modelos de Paquin o de Poiret, que tocarán todos los puertos del mundo... Viajarán especialmente los samoyedos y los patagones, para que el calor sea su cintura siquiera una vez en la línea del Ecuador. Viajarán también por derecho de desagravio los que se estuvieron sentados de veinte años arriba.
Naturalmente yo he anotado dos artículos que me favorezcan: el de los que se han quemado con brasa blanca en el polo y el de los que han enseñado el complemento directo en una tarima hasta que el aburrimiento se hacía horizonte...
Marco dos períodos interesantes en el amor del viaje; el trimestre inicial del viaje primero y el paso del viaje-sport hacia el viaje-pasión. Aquél tiene todavía el aliento ascendente de un poema comenzado con plenitud de los sentidos: éste es el corazón mismo del poema, grave de enjundia. Después de ellos viene esa tragedia de la semiinercia dentro del propio movimiento, miseria de los ojos y de la mente que no pueden con la felicidad que tiene -dicen algunos- peso de ave, pero peso al cabo.
¿Existe un místico del viaje? Para mí el místico es el que a cada hora saborea el cielo como de nuevo. Santa Teresa va de un éxtasis al otro como un sembrador por diversas calidades de suelo fértil. No se fatiga porque sigue hincándose en la experiencia como en un fruto que tuviese capa a capa sabores diferentes. El místico del viaje ha tomado la tierra por cielo. Entiende en calidades del aire, hace jerarquías de paisajes con la tierra de llanura, la de montaña y la de colinas; ha aprendido a atisbar semblantes y tiene no sé qué goce de bibliófilo, con la diferencia sobrenatural de la cara de los hombres.
Viajero de ojo sin vulgaridad de Kodak, sabrá que las grandes ciudades se parecen en su fatalidad de receptáculos internacionales y que sólo las menores y las medianas contienen el camino de la virtud esencial. Así preferirá los Asís a Perugia y un Toledo a los Madrides, y un Orleáns y un Rouen, un Avignon o una Carcassone juntos, a París.
Viajero rico, pero rico sin necesidad, pensará que camina para elegir paisaje donde envejecer y morirse, según el consejo de Nietzsche: "Una de las cosas que el hombre debería saber en la juventud, es qué clima y qué panorama necesitan su cuerpo y su alma".
Escuela de humildades es el viaje. Desembarcar sin abrazos, ser en el hotel una cifra como en el presidio; transformarse en dato de pasaporte para una alcaldía y no tener nostalgias de individualizaciones ni de privilegio local, resulta a la larga más útil para perder vanidad que una lectura de Marco Aurelio. Y escuela para aprender quiénes verdaderamente nos hacen falta en el mar o el paisaje, el comentario de cuál amigo servía para las catedrales y cuál paciencia de compañera ayudaría en los "Cuidados pequeños", que decía Rubén. Escuela para descubrir qué ausentes faltan efectivamente, haciéndonos
dolor.
Sólo que el viaje da vicios revueltos con virtudes. Da la costumbre del olvido. Nada penetra en nosotros sin desplazar algo: la imagen nueva se disputa con la que estaba adentro, moviéndose con desahogo de medusa en el agua; después la cubre como una alga suavemente, sin tragedia. Viajar es profesión del olvido. Para ser leal a las cosas que venimos a buscar, para que el ojo las reciba como al huésped, espaciosamente, no hay sino el arrollamiento de las otras. Por eso alguno dijo que el viaje de novios debería preceder, y no seguir, a la terrible ceremonia. Cada uno se echaría a andar tres años para saber si tiene armazón de plesiosaurio su juramento...
Pero el viaje debería ser, mejor, la entrega al azar, una religiosa dación al destino de dorso vuelto. Que, como las islas de Ulises, salta de pronto ante nuestros ojos el objeto providencial del viaje, que no sospechábamos, y que lo adoptemos, sea eso, para el inmigrante, lote en Entre Ríos o, para el joven, pasión de la Victoria de Samotracia en el Louvre.
En el año, no ya 2000 sino 2500, se podrá viajar así. El confiarse al mar se parecerá a la entrega sin designio propio a la voluntad de Dios. El mozo irá lejos a saber lo que es mejor para su alma, artesanía, mecánica o letras. El viaje aconsejará como el sueño enseña a algunos iluminados. Le señalará oficio, país y mujer. Le diría si es italiano y deberá aprender su Dante en Florencia, si platero y vivir unos años en fundición de Toledo. 0 si, sencillamente, es de su tierra, y no puede aprender nada sino moviéndose en la divina dulzura de lo suyo.
junio de 1927.
En: Gabriela Mistral, Gabriela anda por el mundo. Roque Esteban Scarpa, comp. Santiago: Editorial Andrés Bello, 1978.
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¡Vivir!
(Huozhe, 1994, Zhang Yimou)
¡Vivir!, la sexta película de Zhang Yimou, explora un territorio por el que han transitado ya algunos directores de la llamada quinta generación de directores chinos, a la que el realizador pertenece: los importantes eventos que tuvieron lugar a mediados del siglo XX en el país, incluyendo la guerra civil entre los nacionalistas al servicio de Chiang Kai Chek y los comunistas liderados por Mao Zedong, el “gran salto adelante” de la sociedad china o la revolución cultural auspiciada por el líder comunista. Sin embargo, ¡Vivir! no puede incluirse en el mismo paquete de películas que La cometa azul (Teh blue kite, 1993) o Adiós a mi concubina (Farewell to my concubine, 1993). La película de Yimou no trata de reflejar el radical cambio producido en China de una manera ampulosa o excesivamente épica, sino que proporciona una perspectiva de carácter más íntimo.
¡Vivir! es una obra con infinidad de capas superpuestas y lecturas múltiples, fruto de la excelente combinación de elementos políticos, psicológicos y dramáticos. Tan pronto rompe el corazón como provoca la carcajada más desaforada. Basada en una novela de Yu Hua, narra la historia de Fugui, un joven rico que dilapida la fortuna familiar por su afición al juego, y que se ve obligado a ganarse la vida y mantener a los suyos con su trabajo de tirititero, en el contexto de una China convulsionada.
Nadie es profeta en su tierra. A Yimou se le ha reprochado a menudo en China que hace películas con el ojo puesto en la audiencia occidental. Se dice de él que alimenta al espectador europeo y americano con una visión de China “exótica, primitiva y atemporal”[1]. Quizá por ello, Yimou cambió el enfoque de sus primeras películas, situadas en la época anterior a la etapa comunista, para centrarse en los años de la revolución. Hubo quien en su día señaló que ¡Vivir! debía ser entendida en términos exclusivamente socio-políticos. Es cierto que los avatares de Fugui y su esposa Jiazhen junto a sus dos hijos resultan crudos, e incluso trágicos, pero el filme permanece durante buena parte del metraje en el terreno de la ironía, minimizando la tragedia a base de recurrir al absurdo, como sucede con aquellos chistes de puro humor negro que hacen sentir a uno culpable por reírse de situaciones terribles.
Los elementos humorísticos consiguen sepultar los apuntes políticos del filme, que oscilan entre la crítica descarnada al Régimen y la puya eufemística. Estos elementos de crítica no les pasaron desapercibidos a las autoridades Chinas, que montaron en cólera al enterarse de que el filme había sido presentado en Cannes´ 94 sin su permiso, vendiéndose incluso antes de que pudieran meterle el tijeretazo censor, al igual que hiciera Tian Zhuangzhuang con la ya mencionada La cometa azul. La película acabó consiguiendo el Gran Premio del Jurado del festival, además del Premio al mejor actor para Ge You. El asunto no hizo mucha gracia en Pekín, que acabó imponiendo al director una sanción de dos años sin poder dirigir.
Pero por encima de todo, ¡Vivir! es un enorme fresco histórico donde lo más importante es, paradójicamente, la intrahistoria. No demasiado lejos de las propuestas de Abbas Kiarostami, Yimou es capaz de expandir el microcosmos en el que habitan los personajes para hablar de temas universales como la adicción, la muerte, el nacimiento, la amistad o la guerra. El lenguaje cinematográfico del filme, sencillo y a la vez elegante, es capaz de manejar un increíble grado de tonos emocionales, sin limitarse nunca a la denuncia ramplona de la situación que viven los personajes. Yimou no pretende hacer hincapié en el sufrimiento endémico de la población china, que ha aprendido a soportar de forma estoica, sino en la fortaleza y el buen humor del que hacen gala para crecerse ante las adversidades. Más allá de regímenes políticos o situaciones coyunturales, la vida sigue. Como señala Jiazhen en un momento de la película, no importa lo adversas que sean las circunstancias, la única elección es seguir adelante.
Pero ni siquiera en esta historia de corte tan íntimo es capaz Yimou de renunciar a su fastuoso estilo visual, ya sea en forma de escenas minimalistas en los que cada elemento está fotografiado de manera exquisita, frescos humanos con multitud de extras perfectamente coreografiados por el director (el reparto de comida entre los trabajadores es, sencillamente, magistral) o impresionantes pasajes naturales nevados que convierten en pequeñas las obras de los hombres.
El filme también cuenta con una majestuosa banda sonora, pródiga en sonidos más allá de las composiciones propiamente dichas. Sirva como ejemplo la escena de la presentación de los soldados al servicio de Mao Zedong, de los que durante unos segundos sólo oímos en un principio un retronar de pasos. Cuando de repente se vuelven visibles, corriendo hacia la cámara por una colina distante, el efecto deja literalmente sin aliento.
Un guión con ese potencial, casi oro puro, requería unos actores de peso y carácter (Gong Li, la actriz fetiche durante años de Yimou y Ge You), que supieran trasladar a las plateas sentimientos tan encontrados como los de Jiazhen y Fugui. Pero es que además entre Li y You hay más química que en el 90% de las comedias románticas elaboradas a golpe de talonario de los últimos diez años. Como si la película no resultase ya suficientemente emotiva por sí misma, el trabajo de ambos actores consigue revestir de humanidad a la pareja protagonista, logrando que sus penurias resulten devastadoras, y sus momentos de paz y felicidad casi se adentren en el terreno del realismo mágico.
[1] Así lo llegó a asegurar un colega suyo del Xian Film Studio (en el que Zhang dirigió Sorgo rojo)
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