Los jueves, milagro (Los jueves, milagro, 1957)
En un pueblo llamado Fontecilla existe un balneario en tiempos famoso por sus aguas medicinales, que ahora no recibe visitas. Con el objetivo de atraer a nuevos peregrinos al lugar, las fuerzas vivas pergeñan un plan. Cada jueves se aparecerá San Dimas para promocionar las virtudes curativas del manantial. En un primer momento, el supuesto santo se aparecerá a Mauro, el tonto del lugar, pero el boca a boca provocará el peregrinar de cientos de personas al pueblo. Sin embargo, el verdadero San Dimas, camuflado bajo el nombre de Martino, hará acto de presencia en el pueblo, asegurando conocer la identidad de cada uno de los creadores del plan y sus intenciones. Tras su irrupción en el pueblo, algunos habitantes enfermarán gravemente y sanarán gracias al agua milagrosa del manantial. Aunque los integrantes de la farsa confesarán su culpa, el resto del pueblo está más ocupado en acudir al manantial en busca de un remedio para sus males. Cuando las fuerzas vivas acuden, cansados y arrepentidos, a buscar a Martino, éste habrá desaparecido ya, dejando únicamente una foto con su verdadero nombre.
Los jueves, milagro es una de las películas más masacradas por la censura en toda la historia del cine español. Para los estudiosos de la obra de Berlanga, se trata del esbozo de lo que podía haberse convertido en una de las obras cumbres del director si el cineasta no hubiera tenido que toparse con las (malas) artes de la iglesia de la época. En cualquier caso, se trata de una obra de transición en la filmografía de Berlanga, en la que conviven el sentimiento de ternura que impregnaba sus primeras películas con el humor negro que caracterizará posteriormente su trayectoria, ya con la presencia del magnífico Rafael Azcona en labores de guión.
La génesis de la película se puede encontrar en las supuestas apariciones de la virgen en un pueblo valenciano llamado Cuevas de Vinromá, y en un esbozo de historia que nunca llegó a convertirse en guión, que Berlanga escribió con Cesare Zavattini. La historia, con el título provisional de El gran festival, narraba como los habitantes de un pueblo se inventan un festival cinematográfico con el objetivo de atraer más gente a su casino.
Berlanga ha confesado en repetidas ocasiones que la estructura original de Los jueves, milagro no difería especialmente de la del resto de sus películas de la época: un grupo de perdedores que pretende mejorar su situación vital. A pesar de que por momentos parece que lo conseguirán, sólo consiguen acabar en una situación/posición aún peor de la que estaban. La idea que tiene el director del filme queda condensada en su primera parte, y la película debía haber terminado con Mauro postrado de rodillas esperando la llegada de San Dimas. En un primer momento, el guión de la película se estructuraba en torno a dos ideas fundamentales: la trágica realidad de un pueblo incomunicado que acude en tropel a un supuesto manantial peligroso para solucionar sus miserias y la intervención de las fuerzas vivas de Fontecilla, que se aprovechan de la fe de los habitantes del pueblo para enriquecerse a su costa.
Sin embargo, a mitad del proceso de escritura de guión, el productor que había contratado a Berlanga, Ángel Martínez, vendió la compañía a una empresa vinculada al Opus Dei, que no se mostró en absoluto conforme con el furibundo ataque contra la iglesia católica que el director proponía en la historia. La censura de la época “sugirió” la llegada del verdadero San Dimas al pueblo, y su intervención milagrosa para sanar a sus habitantes y castigar a las fuerzas vivas del pueblo por atreverse a tomar el nombre de un santo en vano.
Para que la película se pudiera llevar a cabo hubo que contar con lo servicios del Padre Garau, un sacerdote dominico designado por los productores. Garau llegó a escribir un tratamiento de hasta 30 folios sobre los cambios que debían ser introducidos en la historia, lo que llevó a Berlanga a pretender que figurara como guionista de la película.
Hubo inmumerables versiones del guión, que incluso continuaron después del rodaje. Como señala Manuel Hidalgo
[1], “se suprimieron y añadieron escenas, intervino otro director -Jorge Grau- en el rodaje de imágenes adicionales, se introdujeron cambios de diálogo en la mismísima sala de doblaje y el lioso desarrollo del proyecto culminó hace unos años en el descubrimiento por la Filmoteca Nacional de dos versiones distintas y acabadas de la película”. La censura llegó a proponer que toda la historia no fuese más que un sueño de don Ramón, el dueño del balneario, debido a una copiosa comida.
La ruptura dramática entre ambas partes de Los jueves, milagro afecta sobremanera a lo que Antonio Gómez Rufo denomina como arco Berlanguiano
[2]: “Un arranque en dónde se expone una situación y un problema, un momento de euforia a lo largo de la película, donde parece que el problema va a ser resuelto de manera favorable, y una caída final hacia una situación igual o inferior a la del arranque”. A pesar de que los momentos iniciales de la película responden a esa estructura, el final está emponzoñado por el espíritu ultracatólico de la época. De esta manera, los pícaros personajes que urden la trama para aprovecharse de los habitantes del pueblo desisten de sus intenciones, movidos por un sentimiento de culpa y de arrepentimiento metido con calzador en la historia.
Los Jueves, milagro pone fin a la primera etapa de Berlanga, marcada por la obra de cineastas como Frank Capra, René Clair y la influencia del neorrealismo italiano, referencia absolutamente clave en sus primeras películas. De hecho, la cinta bebe notablemente de este movimiento que tanto poso dejó en cineastas como el propio Berlanga o compañeros de generación como Juan Antonio Bardem. El director siempre asoció el neorrealismo con el problema de la incomunicación entre personas y clases. Los habitantes de Fontecilla no sólo están aislados del resto del mundo, sino que son incapaces de sostener una verdadera comunicación entre ellos mismos. La influencia del neorrealismo en la película se puede apreciar asimismo en constantes como el empleo de la voz en off en el prólogo y en el uso de actores no profesionales para dar vida a los habitantes del pueblo, así como en el dibujo de una microscópica sociedad rural, con unas reglas internas de comportamiento propias. Es desde este punto de vista desde el que debe observarse la escuela del pueblo, con un reducido grupo de alumnos que reciben las lecciones de un profesor que apenas mantiene contacto con el resto del mundo. En las (cómicas) escenas de la escuela que muestran al maestro don Salvador (Paollo Stoppa) y sus alumnos, Berlanga volcó algunos de sus recuerdos de infancia: esperpénticas lecciones, bizarros compañeros y una cierta propensión al docente cachete.
Berlanga suele retratar habitualmente a las clases sociales en contraste, buscando sus diferencias en lugar de sus semejanzas. Los jueves, milagro muestra la dramática contraposición entre la masa deprimida, que busca desesperadamente salir de su miserable situación, y las fuerzas vivas del pueblo, que se valen del engaño para tratar de medrar su posición.
De igual manera, la relación entre hombres y mujeres es prácticamente inexistente, como si se tratara de compartimientos estanco cerrados a cal y canto. Como en tantas películas del director, los hombres son antihéroes dignos de compasión que resultan humillados y cuyas intenciones acaban por fracasar miserablemente. Por su parte, la presencia femenina queda relegada a un mero papel secundario. Las mujeres de Los jueves, milagro, como doña Paquita, son beatas, tienden al juicio moral y se mueven siempre en grupo, sin voz propia. Probablemente sea la película de Berlanga, reconocido misógino, en la que menor papel juega la mujer. Con todo, el citado personaje de doña Paquita, siempre a punto de morirse, tiende un puente con la filmografía posterior de Berlanga, al anticipar de algún modo el veneno que el director explotaría a partir de su colaboración con Rafael Azcona.
En cualquier caso, en Los jueves, milagro, Berlanga opta por un tratamiento coral de los personajes, que se mueven como una masa compacta sin que apenas existan dibujos individuales de cada uno de ellos, con la excepción del propio San Dimas. Como señala Francisco Perales, “al analizar los personajes del universo berlanguiano se ha venido observando la figura de un nuevo personaje ajeno a la comunidad que desestabiliza la línea argumental inicial y modifica sustancialmente el comportamiento del grupo”. El grado de protagonismo de este personaje en el filme es vital, por más que su inclusión fuera forzada para Berlanga. Al final del primer tramo del filme, la intervención de San Dimas trastoca los planes del grupo y los hace arrepentirse de sus acciones.
Berlanga siempre ha reconocido que sabe lo justito sobre dirección de actores. Quizá por ello, se ha rodeado con los años de un reducido grupo de actores con los que trabaja de forma repetida. Se trata de un director que da notable libertad de acción a los intérpretes de sus películas, a sabiendas de que su profesionalidad quedará plasmada en pantalla. A pesar de que en una película tan cercenada como Los jueves, milagro fue difícil para el equipo de actores lograr mantener el ritmo de sus interpretaciones, destacan por motivos diferentes, tres actores: Pepe Isbert, José Luis López Vázquez y Richard Basehart. El primero brilla especialmente en los momentos más ácidos y cómicos de la película, especialmente cuando se aparece, vestido de San Dimas, al loco del pueblo (un papel que borda a la perfección Vicente Aleixandre). Su aparición, vestido como un santo en horas bajas, con una larga barba postiza y esa imposible zarza móvil, supone uno de los momentos más entrañables de la filmografía berlanguiana. No menos divertida es su posterior conversión milagrosa en persona dadivosa, por arte y gracia del mismo San Dimas (el verdadero).
Por su parte, José Luis López Vázquez logra componer la figura de un religioso hastiado y cansado, probablemente carcomido por sus demonios interiores, que se resiste a la idea de que en el pueblo pueda aparecerse de verdad un santo. Se trata de un tipo de sacerdote totalmente opuesto a los sensibleros y empalagosos guardianes de la fe que se podían encontrar en las películas de la época (El cristo de los faroles o El niño de las monjas). Más discutible es la presencia de Basehart, de moda en aquellos años por su participación en La Strada de Fellini. El actor no parece sentirse cómodo en su papel en ningún momento. Su interpretación resulta tremendamente antipática y su presencia hace aún más insufrible la segunda parte del metraje.
Los jueves, milagro se estrenó el 2 de febrero de 1959 en el madrileño cine Capitol, donde tan sólo permaneció diez días en cartelera. La versión que se estrenó de la película estaba notablemente mutilada. Entre los cortes más notables, se suprimió la noticia sobre la Virgen de Fátima que aparece en el periódico que lee don Ramón al comienzo del metraje.
La película logró una pírrica recaudación de 9.075 pesetas, y tuvo apenas 236 espectadores, lo que supone uno de los mayores fracasos en taquilla de Berlanga. Y es que a pesar de los numerosos cortes y cambios impuestos por la censura, a pesar de que Berlanga tuvo que ceder hasta el punto de desvirtuar notablemente la película en la segunda mitad del metraje, la obra no consiguió convencer ni al sector más conservador de la sociedad, que continuaba observando la obra como una diatriba contra la religión, ni a las mentes más progresistas, que consideraban la película como una muestra más del cine religioso tan en boga aquellos años. Quizá por ello, tendrían que pasar hasta cuatro años para que Berlanga se sentara en la silla de director para rodar una nueva producción.
[1] Los jueves, milagro. Filmoteca El cultural de El Mundo. Pag. 13
[2] Gómez Rufo, A. Berlanga, Contra el poder y la gloria. Temas de Hoy. Madrid. 1990. Pag. 232.
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